2025 Columnas Guadalupe López García 

La cocina de mi madre: alquimia pura que alimenta el alma

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Por Guadalupe López García


Después de más de 70 años de cocinar para su prole y para otras familias, el fogón de mi madre se apagó. Fue hace un par de años; se extinguió poco a poco, como el carbón del que quedan solo cenizas… ahora a ella le cocinamos.


 

Después de más de 70 años de cocinar para su prole y para otras familias, el fogón de mi madre se apagó. Fue hace un par de años; se extinguió poco a poco, como el carbón del que quedan solo cenizas. Para nosotras, sus hijas, nietas y nietos solo conservamos esos aromas y sabores en la memoria. Ahora, Leonor, mi madre, quien nació en 1938, y mi hermana con discapacidad neuronal, dependen del resto de la familia y de mí, como cuidadora responsable.

Dentro de los cambios que surgieron en esta nueva etapa de vida, uno de los más significativos fue que ahora a ella le cocinamos. Yo, por ejemplo, que por más que me empeño en igualar su sazón, no he podido lograrlo, pese a que me gusta experimentar y seguir tradiciones.

Ella guisó con leña, con carbón, con petróleo y con gas en muchas casas y en la suya. Recuerdo muy bien esa estufa Acros blanca, pues el cochambre estaba aferrado a las hornillas y sus alrededores y era un suplicio lavarla. Después tuvo otra más grande. El horno no era nada más para guardar trastes; también sirvió para nuestros pasteles de cumpleaños.

Yo siempre quise uno de La Vasconia —donde trabajó mi padre, Narciso—, cubierto de flores de merengue, pero ahora añoro esos panes de Leonor con sabor a naranja. Mi papá usaba sus cáscaras para las gelatinas. Él sabía cocinar, ya que antes había trabajado en una taquería y en otros lugares de la gastronomía cotidiana de México. Sin embargo, esa tarea en casa era casi de mi madre.

Para completar el gasto de marido, Leonor vendió quesadillas, sopes, pancita y tamales, aunado a otras labores como coser, bordar, planchar, lavar y limpiar casas. Los alimentos los preparaba y vendía en casa. Mis hermanas y yo la ayudábamos en los mandados, en otras tareas y montar el puesto en la entrada de la casa.

Su sazón era extraordinaria. A veces comíamos durante varios días el caldo que sobraba de la pancita, la que teníamos que tallar con escopeta en el lavadero, porque la compraba cruda (la precocida fue un invento posterior). La ponía a cocer por las noches en un fogón para que estuviera calientita los domingos por la mañana.

Los primeros platillos de Leonor, a los 14 años más o menos, fueron las salsas y luego los frijoles y el pollo. “Todo lo básico”, me cuenta. A los 16 años ya los hacía más en forma, cuando era trabajadora del hogar, pues a veces le pedían que hiciera el arroz, pollo y otros alimentos. Las mujeres de la familia de mi madre son muy buenas cocineras, aunque ella y su hermana Rosario (le decimos Rosa), quien ya rebasó los 90 años, no tenían comparación.

Por supuesto, el mole es receta familiar. Mi prima Norma heredó esa tradición enseñada además por otras mujeres de Tulancingo, Oaxaca, pero el platillo preferido de mi familia son unos chiles cuaresmeños con un relleno agridulce y capeados. Yo los bauticé como chiles veracruzanos a la Rosa, cuando en el año 2010 los metí a un concurso del DIF, aquí, en la Ciudad de México. No ganó ni siquiera una mención. “No saben lo que es bueno ni tienen buen paladar”, pensé eso del jurado.

Como sucede en todo el país, la comida tradicional es una cultura de transmisión oral, además de que cada quien le pone su toque y su sazón. Hay mucha clase de chiles rellenos, pero nunca he visto unos como los de Leonor y Rosa. A lo mejor hicieron cambios de la receta de ese guiso veracruzano.

Rosa, quien vivía en Coatepec, fue quien los hizo primero para venderlos a los jornaleros de los sembradíos de café y naranja. Nunca le enseñó a mi madre a elaborarlos. “Yo solo me fijaba cuando le ayudaba”, recuerda Leonor. De hecho, así fue como ambas aprendieron a cocinar: “viendo y preguntando”.

Una vez, cuando mi madre fue de visita a su pueblo para llevar dinero y ayudar un poco, Leonor preparó esos chiles, y gustaron mucho a su familia. No los conocían, pues Rosa los hacía nada más para vender. Son muy laboriosos, por eso solo los comemos en fechas especiales. Los acompañamos con arroz; por supuesto, hecho por Leonor.

Cada platillo está ligado a nuestros afectos —tristes o felices— y conforme pasa el tiempo se aderezan de nostalgia.

Esas manos diestras en el manejo de instrumentos para la creación culinaria están cubiertas por profundos surcos, como los de su rancho en donde depositaban las semillas del maíz, frijol, trigo y vegetales. “Éramos muy pobres, pero nunca pasamos hambre”, siempre dice orgullosa. Así eran las manos de mis abuelas, pegadas siempre al fogón, moliendo la masa en el metate para moldear con sus manos esas enormes tortillas de maíz y trigo.

Los dedos de Leonor están arqueados por la artritis; aun así, seguía cocinando. Su último guiso fue un arroz, pues siempre se lo pedíamos, hasta que sus pies perdieron fuerza. Solo quedaron su molino de mesa para quebrar frijol o moler nixtamal, el metate para preparar la masa de las tortillas, el molcajete con el que trituraba chiles de todo tipo para las salsas. Sus cacerolas y ollas para el mole, arroz, pozole o tamales. Sus cubiertos Oneida siguen igual de relucientes. En todas las fiestas, como las de los tres XV años de mis hermanas, Leonor cocinó con la ayuda de sus hermanas, cuñadas, primas y paisanas.

Como lo he comentado: la comida siempre tiene un sabor especial para cada persona o cada familia. Cada platillo está ligado a nuestros afectos —tristes o felices— y conforme pasa el tiempo se aderezan de nostalgia. Para mis hermanas, para mí y nuestras familias, esos chiles rellenos no tienen parangón. Representan la infancia, la juventud, el origen, el presente, el hogar… la madre. Todavía no me salen, pero creo que el perejil es el secreto. En eso de la transmisión oral, en la cocina no hay fórmulas ni cantidades exactas. Mi madre me decía: “Le pones bastante perejil”, pero ¿qué diablos es “bastante”?

Los panes que horneo me salen duros, crudos o apelmazados, pero en general son ricos. En un festejo navideño, un vecino me comentó que yo debería de vender atoles. Yo los hago con varios tipos de leche e ingredientes naturales. Y, para variar, mi medición es “al tanteo”. Solo en los chiles en vinagre —otra joya de la familia— has superado a mi abuelita, me dijo un día una de mis sobrinas.

Yo no sé si aprendí a cocinar viendo y preguntando, como Leonor y Rosa, aunque a mi madre nunca la dejaba satisfecha con mi sazón. Sigo las recetas y con frecuencia cambio algún ingrediente o forma de cocción. No sé si tenga que ver con eso de acatar las reglas o saltárselas. De todos modos, pruebo y pruebo, compongo y ajusto, si es necesario, así como cuando se escribe o corrige un texto o se redacta una nota.

Desde la mirada feminista, cocinar es un trabajo desvalorado. Afirma Marcela Lagarde en Los cautiverios de las mujeres: madresposas. monjas, putas, presas y locas: “La mujer que cocina se desprende de una parte de sí […]. La mujer y la comida son una unidad en la cosmovisión basada en que a partir de la división sexual del trabajo, se le asigna a ella la elaboración de alimentos y la acción de alimentar a los otros” (p. 381).

En el discurso, la sociedad alaba y le otorga un lugar privilegiado a esas mujeres, pero en el hogar no se retribuye; lo convierten en estereotipo femenino. “El lugar de las mujeres está en la cocina”, nos dicen cuando queremos incursionar en actividades que los hombres han dominado, como el futbol o la política.

Desde el feminismo se ha revalorizado este papel de las mujeres, como una tarea fundamental para el sostenimiento de la familia y la sociedad, la cual debe ser remunerada y compartida por toda la prole. Las mujeres en la cocina han creado arte, cultura, tradición, identidad, historia. Son científicas con delantal, alquimistas de pócimas mágicas que alimentan el alma, el corazón y el estómago. Por ellas, por todo lo que nos han dado, dignifiquemos esta tarea. Larga vida a Leonor…

 

 

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